Presión intolerable al Rey

La presión del Gobierno para involucrar a Felipe VI en la crisis de Ceuta constituye una maniobra irresponsable para apartar el foco de su catastrófica gestión. Con miles de inmigrantes vagando por una ciudad desbordada, un dispositivo incapaz de absorber las consecuencias de la oleada y Rabat pendiente de explicar su responsabilidad en la violación de la soberanía e integridad territorial española, el Ejecutivo parece más interesado en repartir responsabilidades que en asumirlas.
La sugerencia de un ministro a Casa Real para que el Rey llamara a Mohamed VI a fin de agradecerle su colaboración -publicada ayer por El País- supone otro intento de instrumentalizar al jefe del Estado. El portavoz adjunto de Sumar, Enrique Santiago, llegó a advertir de que el Rey «está tardando» en hablar con su homólogo. Conviene recordar que Felipe VI ejerce la más alta representación del Estado en las relaciones internacionales, pero la dirección de la política exterior corresponde al Gobierno. Una conversación de semejante trascendencia requiere, por tanto, iniciativa y coordinación gubernamentales.
Las contradicciones dentro de la coalición siguen siendo, además, patentes. Mientras Santiago describió lo sucedido como un «ataque híbrido», el PSOE insiste en elogiar la colaboración de Rabat pese a las informaciones que avalan que, si no orquestó la entrada masiva, al menos sí la permitió. En esas circunstancias, plantear una llamada de agradecimiento a Mohamed VI resulta difícil de justificar. La cooperación posterior de Rabat para contener las consecuencias de la crisis no borra su responsabilidad. España mantiene con Marruecos una relación estratégica que obliga a conservar canales de interlocución, pero la diplomacia no implica la renuncia a defender los propios intereses.
El Gobierno no puede recurrir de manera sistemática a la capacidad simbólica de la Corona ante cualquier crisis. Si Pedro Sánchez considera imprescindible una conversación entre Felipe VI y Mohamed VI, debe promoverla y asumir políticamente su contenido. Lo inadmisible es trasladar públicamente la impresión de que el Rey ha incumplido una obligación. Sobre todo en el caso de un Gobierno que ha tardado 22 días en nombrar a un coordinador, Ángel Víctor Torres, para una emergencia que requería un mando único desde el principio.
Felipe VI ya ha intervenido dentro de los márgenes de la Jefatura del Estado. Ha hablado con Sánchez, Feijóo y los presidentes de Ceuta y Melilla, y expresado una inusual «preocupación e indignación» por los acontecimientos. También ha recibido al presidente ceutí, Juan Jesús Vivas. Su disposición a visitar la ciudad se inscribe en esa misma función institucional de respaldo a los afectados. La llamada a Mohamed VI pertenece, sin embargo, a una categoría distinta, susceptible de ser utilizada por Rabat, que mantiene su reivindicación sobre Ceuta y Melilla.
Convertir una decisión de Estado de ese calibre en motivo para recriminar públicamente al Monarca ahonda la brecha entre Zarzuela y Moncloa provocando inestabilidad institucional al más alto nivel, uno de los objetivos de Marruecos que el Gobierno español lamentablemente está ayudándole a cumplir al involucrar al Rey.
Editorial El Mundo
22/08/2027
