“Primero el amor, después la técnica”

“Primero el amor, después la técnica”. La máxima que Antoni Gaudí compartía con sus colaboradores, proyectada en catalán en el cielo de la noche barcelonesa con drones junto al rostro del arquitecto, será el colofón del epicentro del viaje de León XIV a España: la misa y bendición de la torre de Jesús, que corona la basílica y hace de ella el templo más alto del planeta.

Será tras una bendición “sencilla y humilde” que permitirá descubrir las torres de la Sagrada Família después de que en el 2010 Benedicto XVI, asombrado por un instante, empujara el portón central –el del Padrenuestro– y mostrara al mundo el interior de la iglesia monumento, tal y como explicaba hace unos días el director general de la basílica, Xavier Martínez.

Hay quien se atreve a decir que los actos del 10 de junio, que coinciden con el centenario de la muerte de Gaudí –venerable para la Iglesia y en proceso de canonización–, son el motivo último de la visita del Pontífice a España, que se ha cocinado a fuego lento. Se confirmó en febrero… pero, en septiembre, el arzobispo de Barcelona, el cardenal Juan José Omella, ya advirtió al padre Faustino Mlelwga, rector de Sant Agustí, que tenía que arreglar la parroquia regentada por los agustinos por si recibían la visita del Papa, que pertenece a su misma orden.

Poco después de su elección, el año pasado, Omella ya había invitado tanto en público como en privado a Robert Prevost, con quien había coincidido en el Dicasterio para los Obispos. A su antecesor, Francisco se le había cursado esa misma invitación tras la bendición de la torre de María, en el 2021. El Papa argentino, que se guardó de venir a España durante su pontificado y solo había imaginado un viaje a las Islas Canarias que ahora Prevost culminará, participó en aquella celebración con un mensaje grabado en vídeo.

De ese modo, Catalunya y Barcelona volverán a recibir la visita de un papa quince años después con la Sagrada Família como pretexto. De hecho, el coordinador diocesano de los actos es el mismo, el jesuita Enric Puig, que sostiene que Antoni Gaudí era un “visionario” y que proyectó una “biblia de piedra” –la basílica– porque ya preveía que en el futuro habría gente que no entraría en las iglesias. “Él quería que se pudiera apreciar todo desde fuera”, añade en alusión al sinfín de detalles que se pueden apreciar a pie de calle.

El lema del viaje, “Alzad la mirada”, está vinculado con la torre de Jesús y en la era de los móviles es una frase que, en palabras de Puig, “interpela a todos, creyentes y no creyentes”. Tiene sentido para todo el mundo ya que el gesto de alzar la mirada puede emplearse en muchos contextos distintos. Los obispos llevan semanas dando buena cuenta de ello.

Con el paso del tiempo, Puig ve algunos de los fallos que tuvo el viaje relámpago de Joseph Ratzinger hace unos años: no hubo visita a la catedral y faltó contacto con los ciudadanos. Esta vez se ha tratado de subsanar esas dos carencias y, tras aterrizar, el día 9 de junio, los trabajadores de la Archidiócesis de Barcelona así como otras personas encargadas de la organización del viaje y los canónigos tendrán una pequeña celebración con el Papa en la catedral. Además, ese mismo día habrá por la noche en el estadio Lluís Companys una vigilia de oración; en este caso, a diferencia de la celebración de Madrid con los jóvenes, sin exposición y adoración. Para ese evento se han puesto a disposición de la ciudadanía entradas gratuitas, de tal manera que no solo los católicos tendrán la oportunidad de ver de cerca al Papa. Lo que aún no se ha detallado es qué recorrido hará con un vehículo descubierto –como es habitual– y en qué calles se le podrá ver. Pero se espera que suceda.

Que Prevost es un papa joven –70 años– se comprobará el día después, el 10 de junio, con una agenda condensada: visita a la cárcel de Brians, –un acto­ que se decidió sobre la bocina, con la agenda prácticamente cerrada en un ágape informal en el que estaban emisarios del Vaticano, miembros de la Iglesia y representantes de las administraciones públicas, del Govern y del Ayuntamiento de Barcelona–; a la abadía de Montserrat; a la parroquia de Sant Agustí, en el Raval; y, a última hora, la misa solemne en la Sagrada Família. La agenda del día previo, en cambio, tiene algunos huecos para encuentros de Prevost fuera de foco.

Tanto la presencia del Pontífice en la prisión de Brians, en Sant Esteve Sesrovires, como el acto en la parroquia de Sant Agustí, muestran la dimensión social de este papa, que se verá con un colectivo de reclusos que participa de los sacramentos pero es uno de los más excluidos en momentos como este, con la visita del Pontífice. En la iglesia de El Raval serán las personas que trabajan en el ámbito de la pobreza las que compartan su experiencia con él.

La prisión, igual que la abadía, se encuentra en la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, que tiene como titular al obispo Xabier Gómez. Es también el territorio por el que el Papa llegará a Catalunya y en algún momento al bajar del avión o al partir, a pie de pista, se intentará que el Pontífice bendiga el nuevo sagrario de la capilla del aeropuerto de El Prat. Desde la diócesis de Sant Feliu explican que eso podría suponer un impulso para una capilla que siempre permanece cerrada –en la terminal de llegadas– y cuya existencia desconoce la mayoría de pasajeros.

A su vez, la visita a Montserrat, donde ya estuvo Juan Pablo II en 1982, se enmarca en la conmemoración del milenario de la abadía, celebrado el año pasado. Más allá de su presencia en una audiencia en la plaza de San Pedro en octubre no hubo un encuentro privado de los monjes con el Papa. Ahora sí lo habrá tras una celebración pública. Prevost presidirá el rezo del rosario y la escolanía interpretará la Salve y el Virolai. Después, tras pasar por el camarín de la Moreneta, el Papa comerá con la comunidad benedictina antes de emprender su camino de vuelta a Barcelona para ir a Sant Agustí.

Iñaki Pardo Torregrosa

La Vanguardia

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